Los Iluminados

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Los iluminados toman mi cabeza mientras pienso en la infancia. Ellos tienen la cabeza iluminada y los rostros indistinguibles, son como ángeles, como santos. Yo estoy muriendo, creo que eso me está pasando, estoy muriendo y estoy pensando en mi infancia. Quiero acurrucarme al lado de mi madre pero no puedo decirles que la traigan conmigo. No puedo hablarles, no siento mi cuerpo. Debió ser el exceso de drogas, el exceso de tristeza que me hizo estar muriendo como ahora. En este infierno con luces de colores, rostros borrosos, yo en el suelo sin poder levantarme. Todos me hablan, me observan asustados, sé que están asustados, creo que me estoy muriendo. No me importa, no me importa nada, solo quiero dormir, por favor, déjenme en paz, solo quiero dormir. Ya despertaré, estoy muy cansada, déjenme descansar. No puedo saber cómo me veo desde su punto de vista, debo estar tirada en el suelo, doblada en una posición aleatoria, me piden que mueva alguna extremidad, me hacen preguntas, estoy muy cansada para mover la boca, para abrir los ojos y mover la boca y hacer un sonido, quisiera que adivinen, que me dejen tranquila, que no me abandonen, que dejen de abandonarme en todas partes. Tengo miedo, tengo vergüenza, me estoy muriendo. Veo luces cuando cierro los ojos, pienso en mi infancia, en mi chaleco rojo, en mi madre, en mis juegos, en el bosque, en la vida que llevo, esta vida que no me gusta, quiero empezar otra vez, no quiero estar en esta mierda, en medio de esta mierda, muriendo. De repente me puse a pensar tanto y me di cuenta que estaba en el suelo pensando, tengo frío o calor, no siento nada, me pesa el cuerpo. Quiero que me abrace mi madre. No quiero morir así, sola en la mierda, porque estaba triste y quise tener un día de excesos, me lo merecía. Mi cuerpo no lo pudo soportar, no lo noté, no me di cuenta cuando todo empezó a hacerse borroso, no tenía fuerzas para levantar ese vaso de agua y de pronto, no sé cómo, desperté en el suelo con los iluminados a mi alrededor, observándome como unos alienígenas en el quirófano. Me siento pequeña. Esta ha sido la única manera en la que he logrado volver a sentirme como una niña, sabía que si buscaba la forma podría encontrarla. Aunque no sabía que para ello tendría que estar a punto de morir.

Mañana gris

Flota la niebla sobre el      mar.
Flota la niebla
y es como un sueño blanco y misterioso
vagando sobre un alma entristecida;
como el vapor de un sueño melancólico
al aclarar de un triste día.
Flota
la niebla.

Sobre el mar la niebla es      como
un ensueño flotando sobre una alma:
un ensueño muy íntimo, muy hondo
y muy blanco, por cuya blanca bruma
fuera temblando un desfilar borroso
de pensamientos tristes, como sombras
al través de la niebla; y en el fondo
de aquel ensueño blanco, lentas, lentas
van las barcas. Aquellas que ni al soplo
del viento, ni al empuje formidable
del vapor abandonan su reposo.

Aquellas que se mueven solamente
cuando se arquean los fornidos torsos
de los barqueros, y los remos se hunden
en el inflado vientre tembloroso
del agua.

Van las
barcas y el prodigio
de la niebla agiganta sus contornos.
Envueltas en la bruma van las barcas.
Van como pensamientos dolorosos
que huyeran al través de un sueño blanco.

Y mudas como en un cinematógrafo
se encogen y alargan las siluetas
de los que van remando con monótono,
pausado compás.

Aquellas barcas.
con su deslizamiento silencioso,
parecen los espectros de las naves
que el océano atrajo hasta su fondo.
Son como lenta procesión de sombras
tras la bruma de un velo tembloroso.

Del blanco abismo de la blanca niebla
se escapan grifos prolongados, chorros
de sonidos que vibran en el aire
con rumor de aletazos. Un sonoro
silbido arranca y de onda en onda vuela
como un grito salvaje.

      Sobre el dorso
del infinito mar, la blanca niebla
duerme su sueño inmóvil.

      Poco a poco
se deslizan las barcas como espectros
al través de un ensueño melancólico.

(Manuel Magallanes Moure, La Jornada 1910)

 

Walking Around

Sucede que me canso de ser hombre.
Sucede que entro en las sastrerías y en los cines
marchito, impenetrable, como un cisne de fieltro
navegando en un agua de origen y ceniza.

El olor de las peluquerías me hace llorar a gritos.
Sólo quiero un descanso de piedras o de lana,
sólo quiero no ver establecimientos ni jardines,
ni mercaderías, ni anteojos, ni ascensores.

Sucede que me canso de mis pies y mis uñas
y mi pelo y mi sombra.
Sucede que me canso de ser hombre.

Sin embargo sería delicioso
asustar a un notario con un lirio cortado
o dar muerte a una monja con un golpe de oreja.
Sería bello
ir por las calles con un cuchillo verde
y dando gritos hasta morir de frío.

No quiero seguir siendo raíz en las tinieblas,
vacilante, extendido, tiritando de sueño,
hacia abajo, en las tripas moradas de la tierra,
absorbiendo y pensando, comiendo cada día.

No quiero para mí tantas desgracias.
no quiero continuar de raíz y de tumba,
de subterráneo solo, de bodega con muertos,
aterido, muriéndome de pena.

Por eso el día lunes arde como el petróleo
cuando me ve llegar con mi cara de cárcel,
y aúlla en su transcurso como una rueda herida,
y da pasos de sangre caliente hacia la noche.

Y me empuja a ciertos rincones, a ciertas casas húmedas,
a hospitales donde los huesos salen por la ventana,
a ciertas zapaterías con olor a vinagre,
a calles espantosas como grietas.

Hay pájaros de color de azufre y horribles intestinos
colgando de las puertas de las casas que odio,
hay dentaduras olvidadas en una cafetera,
hay espejos
que debieran haber llorado de vergüenza y espanto,
hay paraguas en todas partes, y venenos, y ombligos.

Yo paseo con calma, con ojos, con zapatos,
con furia, con olvido,
paso, cruzo oficinas y tiendas de ortopedia,
y patios donde hay ropas colgadas de un alambre:
calzoncillos, toallas y camisas que lloran
lentas lágrimas sucias.

(Pablo Neruda, Residencia en la Tierra II, 1935)