¿Cómo generar espacios para la nutrición creativa en un país como Chile?

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Nuestra generación, si la tratamos como producto, es el resultado de un largo proceso de cocción donde se ha utilizado la censura cognitiva y cultural acompañada del rostro sonriente de la sociedad de la transparencia, que es la costumbre de exponer nuestras vidas privadas en la vitrina que sirve al mercado capitalista. Este proceso de censura involucra las iniciativas de socialización,  creación y difusión del arte y la disponibilidad y acceso a la información. Esta es parte de la herencia que nos queda de la dictadura en Chile y  del sistema de formación escolar que esta instaló. Sin embargo, si contemplamos la antigua historia humana, nos encontramos con que el origen de nuestras políticas de dominación y sometimiento se deben al predominio de la cultura patriarcal. Que es finalmente aquella que ha impedido el desarrollo de relaciones sociales amorosas, colaborativas y simbióticas entre seres humanos y entre seres humanos y otras formas de vida.

En el tiempo cultural en el que nosotros nos hemos desarrollado tenemos un acceso casi ilimitado a la información (aunque aun creo que existe información de acceso restringido). Podemos ser lo que queramos y ya nadie nos obliga (al menos abiertamente) a obedecer órdenes. Por supuesto existe la institución y la policía pero resulta que ya no creemos en nadie. Este mismo acceso a todo nos ha llevado a experimentar descontento y cuestionamientos profundos sobre la realidad. Estamos abiertos a la experimentación y a nuevas propuestas de paradigma a pesar de que nuestro vínculo patriarcal no ha sido completamente deconstruido aún. Tenemos deseo, no nos quedaría otra cosa que tomar acción al interior de los dispositivos que deseamos recuperar y deconstruir.

La institución es un dispositivo generado en acuerdos intersubjetivos, administrados por la política de “lo normal” ya que justamente su función principal es normalizar el comportamiento de la sociedad. Cuando esta institución se une con una academia hambrienta de competencia nace la institucionalización del arte. Es decir, el arte al servicio de cierta normativa impuesta por un grupo de personas que en común acuerdo decidieron lo que estaba bien y lo que estaba mal hacer en arte. Justamente parece que esta “institucionalización” la verdad es que responde a las necesidades de un mercado venenoso.

Viendo este panorama, es esperable que la cultura no sean de fácil acceso para un país que está totalmente envuelto en el fango denso del capitalismo y el patriarcado. Es esperable que la poesía hoy sea considerada inútil y cueste comprarla o cueste venderla. ¿Cómo podría aportar la poesía en el crecimiento del capital o en la mantención de la máquina laboral? Es inútil. Por esto mismo es que he retirado toda esperanza en las instituciones. El estado nos abandonó hace muchísimo tiempo. Estamos guachos. Ningún dispositivo de normalización vendrá a ayudarnos con espacios para generar instancias de nutrición creativa. Ni siquiera nos ayudarán a reunirnos, porque nos hacen competir.

Si estamos molestos con estas formas no podemos sentarnos a esperar que nos venga a rescatar un dispositivo de poder. Eso no va a suceder. A veces siento que nuestra generación sobreprotegida carga con ese ladrillo de la espera de una salvación mediada por terceros. Si no fuera así, ya tendríamos resuelto un trabajo colaborativo que acabe con todos los límites que creemos tener para cambiar la realidad que vivimos. Ahora, ¿qué nos motivaría a trabajar en colaboración simbiótica?. Para motivarnos y hacer, requerimos convicciones y capacidad de compromiso. Hay que respetar y dejar tranquilos a los que no se quieren meter en esto. La ventaja es que lo que motiva a los individuos a colaborar son los beneficios que todos obtendrán y no hablo de beneficio en términos mercantiles. Para eliminar nuestra necesidad de instituciones normalizadoras necesitamos pasar por un proceso continuo e inagotable de autoconocimiento y autoeducación, esa será la pauta de nuestro camino a seguir, donde se forjan las convicciones individuales. El trabajo en solitario agota y frustra demasiado, acabando con los deseos y convicciones. Personalmente, veo algo de esperanza en un camino colaborativo y autogestionado. La autogestión nos independiza, la colaboración elimina la competencia y nos devuelve el poder de acción como individuos libres y forjadores conscientes de nuestro propio destino.

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La luz cae vertical

Comentario sobre la antología de Leonel Lienlaf (Editorial Lumen, 2018)

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La lengua materna del poeta Leonel Lienlaf es el mapuzugun, según palabras de Raúl Zurita “solo por odio aprendí a hablar español”, dijo una vez el poeta de Alepue.

 …“Debe ser el silencio que nace”…

Nuestra cultura occidental es de una temporalidad lineal, dualista, se alimenta de los opuestos y ha forjado nuestra manera de pensar de tal forma que los dualismos han definido de forma imperante nuestra interpretación  del mundo. De forma estricta, nos es difícil considerar posibilidades desconocidas. Nos resulta difícil llegar a la comprensión de los polos como parte de una misma cosa. Me temo que la adopción de este dualismo como criterio definitorio de nuestra cultura tenga su origen en la apropiación de conductas de sometimiento y dominación del otro por parte de la especie humana. Podríamos decir que en todo el mundo, ya sea oriente u occidente, podemos detectar la manifestación de este dualismo que termina por mutar, entre otras muchas cosas, en la cultura patriarcal en la que nos encontramos atrapados en el presente. Pero ¿cómo nadar contra la corriente? Bien podríamos dar este caso por perdido y entregarnos a lo que sea que nos depare. Resulta utópica la posibilidad de imaginar un mundo que no funcione bajo reglas de sometimiento y dominación, por no hablar de este sistema económico que predomina y se mantiene por su gran capacidad expansiva y de generación de dependencias de diversísima índole. Sin embargo, algunos creemos en el poder de la belleza (entiéndase en los términos mas amplios posibles, el horror bien puede ser bello dependiendo de su estructuración y composición estética). Y aquí me permito salir un poco del tema para mencionar que Leonel Lienlaf lo muestra claramente en su producción poética

…. “Le sacaron la piel de la espalda
y cortaron su cabeza.
¡A nuestro valiente cacique!
y la piel de su espalda
la usaron de bandera
y su cabeza me la amarraron a la cintura.

Vamos llorando y nuestra sangre
riega la tierra
de rato en rato bajo la mirada
a la cabeza que llevo en la cintura
y me parece que ya va a hablar
pero continúa en silencio.”

 Propongo que el poder de la belleza radica en su capacidad de conmover, de mover la posición de nuestra costumbre emocional hacia lugares nuevos, nuevos posibles, nuevas posibilidades, nos puede otorgar libertad.  Nos hace manifiesta una incomodidad con los dualismos, los dogmas y las intransigencias a través de la experimentación de sucesos no tangibles e incluso no atribuibles a una conciencia de las cosas. La belleza que logra conmover nos pone en contacto con la desconocida sustancia de la conciencia y nos hace cuestionar qué clase de criaturas somos. Todos estos elementos son indispensables a la hora de proponer un cambio de paradigma en la sociedad.

La poesía de Leonel Lienlaf, propia de una elocuencia elegante, casi japonesa, del hacer mucho con poco, se mueve entre una postura bien definida ante el dualismo y la belleza conmovedora que genera un efecto de alerta contemplativa, de remoción emocional e inmersión en un mundo de armonía natural que no diría propio del pueblo mapuche, por no subcategorizarlo, más que eso, propio de aquel que vibra en la frecuencia de la naturaleza. Leonel nació en We Xipantü. Aquel que no domina, aquel que es parte de. Desde esta armonía, la propuesta bilingüe viene más que segura y me atrevo a decir, como una manifestación política, porque realiza la posibilidad de hablar con más de una voz o de hablar con dos voces de forma simultánea, contradiciendo las reglas del juego occidental huinca a través de la compenetración de dos polos que conforman el todo de la voz poética. Aquí hay una rebelión ante los mandatos de lo que llamamos realidad en este lado del mundo, desde el cuerpo, desde el lenguaje, desde el espíritu, desde todo lo que fue reemplazado por imposiciones racionalistas, cartesianas y por qué no, también capitalistas:

“Mis manos no quisieron escribir

las palabras

de un profesor viejo.

Mi mano se negó a escribir

aquello que no me pertenecía

Me dijo:

“debes ser el silencio que nace”.

Mi mano

me dijo que el mundo

no se podía escribir.”

Esta antología de Lumen viene a ser la muestra de cuatro momentos poéticos en la obra de Leonel Lienlaf en un transcurso de 30 años: Se ha despertado el ave de mi corazón (Editorial Universitaria, 1989), Pewma dungu (Del Aire Ediciones, 2001), Kogen (Del Aire Ediciones, 2014) y Epu Zuam (Ed. Cagtén, 2016).

“Mi abuela siempre me decía que la poesía debería ser un pequeño objeto imaginario que uno va construyendo con las palabras. Es un mapa para entender la vida.”(Leonel Lienlaf)

Insistencia del día: comentario al libro de poesía de Víctor Quezada (Komorebi ediciones 2018, Chile)

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Los grandes maestros de la pintura China establecieron una serie de instrucciones y consejos para ejercer el oficio de la pintura según lo que hoy denominamos estéticas Taoístas. En una colección de textos sobre este tipo de pintura se encuentra una historia que narra la experiencia de un pintor empeñado en pintar un jabalí que yacía dormido en la yerba de una pradera. Siguiendo los consejos de su maestro, el pintor contempló por largas horas al jabalí para captarlo completamente, vibrar en su frecuencia. Solo así lograría plasmar en la pintura eso inefable que encerraba todo el ser del animal. Un campesino que iba pasando, observó el cuadro del jabalí y comentó al pintor que le parecía que el animal en la pintura estaba muerto. El pintor dudó de las palabras del campesino, estaba seguro de que había pintado un jabalí que dormía plácido sobre la yerba. Sin embargo, al acercarse al lugar donde lo había encontrado, notó que el animal permanecía recostado en un estado de inminente descomposición. El pintor, sin ser consciente de ello, practicó la lección principal de la pintura taoísta; que el Chi de lo que se pinta se apodere de la muñeca que sostiene el pincel.

Insistencia del día por hablar de la continuidad, de la impermanencia, de lo que piensa el caminante silencioso en la contemplación de la noche. Somos ilusión continua, dinamismo continuo, el tiempo es circular, un nuevo día insiste cada día.

Este libro de Víctor Quezada acusa la existencia de un contraste entre el concreto y la naturaleza. Donde se encuentra un cuestionamiento sugerente sobre la materialidad del mundo, como dice Lao Tse: ¿Dónde comienza una rosa?

Cada día el poeta abraza la circularidad del tiempo para plasmar sus reflexiones en extractos que se asemejan a meditaciones en constante conversación con el principio de la no-acción. Al comienzo, textos para ser leídos en silencio, una mezcla de cemento y montaña, que apuesta a la esperanza de capturar algo de esa “oscuridad indescriptible” que nombra la voz, aceptando la soledad desde una cognición occidental pero en situación de silencio que apela a la posibilidad de poder decir lo oculto a partir del uso de distintos elementos. Algunos denominados “experimentales”, sirviéndose de espacios vacíos o unidades de espacio, de posibilidades que requieren del lector para concretarse. Evidenciando la insuficiencia del lenguaje, cuestionando los paradigmas materialistas del acto de nombrar, lenguajear, escribir, a fin de cuentas, del acto creativo en si mismo, que es propiedad de formas de vida artesanas como la nuestra. La ruptura del espacio formal que ocupan los cuerpos textuales destaca una (de)construcción del texto, para construir (en su lugar tal vez) otros significados posibles. Todo aquello parece dar cuenta de la soledad que nos acoge. Estamos solos. “Solo yo soy testigo de mi propia consciencia”. Encontramos un reconocimiento de la necesidad de invitar al silencio a que nos enseñe las cosas que creíamos comprender, porque conocimiento y comprensión no son sinónimos. Invitar al silencio es el primer paso para emprender el camino hacia la pérdida del nombre que pasa por el reconocimiento de las imposibilidades del lenguaje, rindiéndose ante este callar:

Dice la voz que al principio intenta hablar:

 

“(entre yo

-el que escribe-

y la montaña

descansa el deseo de escribir

 

montaña

para que rompa la tierra

se eleve

bajo tus pies)”

 

Luego, sobre el reconocer las imposibilidades del lenguaje y la contraposición con la oscuridad indescriptible, la voz que acepta la necesidad de callar:

 

…”un texto puede corresponder

como un gorrión

a los representantes prototípicos de la categoría

(los pássaros)

pero un mirlo es de una oscuridad indescriptible…”

 

…”al reverso de cada cosa huye el mirlo

pero no vemos el mirlo en las cosas…”

 

Sobre perder el nombre, que es la duda transparente de la materialidad:

 

…”Nadie: me llamo Nadie…”

Cuando los propios limites se vuelven borrosos. Entonces queda lo otro, lo nadie. Lo sin nombre. Lo que no se puede nombrar. Existimos como criaturas que lenguajean en vez de existir como criaturas que escuchan. La insatisfacción de la expresión lingüística es como una metáfora de esta vida, donde buscamos representar eso desconocido que llevamos pero sin conseguirlo nunca realmente porque tampoco entendemos lo que es y de entenderlo, guardaríamos silencio.

Esta poesía viene de una contemplación que penetra la consciencia y cuestiona la materialidad sin muchas palabras. Justamente, los cuarenta textos finales se aproximan íntimamente al Haiku, mas allá de los tecnicismos. Encierra momentos que son como una serie de pequeños cuadros de tinta capturando el movimiento de una hoja, la montaña, el mirlo, la oscuridad indescriptible. El estilo de estos textos viene de un lugar de honestidad, aceptando la situación occidental del espacio enunciador. Por eso rehúye de las pretensiones forzosas y acepta-asume-contruye un nuevo espacio, que es propio y desde aquí pero que captura esos momentos de epifanía que produce la escucha.

Víctor Quezada es extranjero. El sentimiento de la extranjería lo acompaña a lo largo de su camino creativo. Su paso por las ciudades y las lenguas, la mezcla de la no pertenencia lo llevan, a mi parecer, a esta reflexión de la Insistencia del día, donde la extranjería es algo más profundo que la tierra y el idioma. Es la humanidad que habitamos. El samsara que impulsa nuestra voluntad de vida al encuentro del camino a casa que se forja entre la niebla nocturna. Por eso el acto de escribir aparece abriendo el texto, porque es tal vez, el acto creativo, un hilo enraizado a la consciencia creadora de la naturaleza, lo que nos mantiene un poco más próximos a esa casa originaria a la que aun no sabemos regresar.

Walking Around

Sucede que me canso de ser hombre.
Sucede que entro en las sastrerías y en los cines
marchito, impenetrable, como un cisne de fieltro
navegando en un agua de origen y ceniza.

El olor de las peluquerías me hace llorar a gritos.
Sólo quiero un descanso de piedras o de lana,
sólo quiero no ver establecimientos ni jardines,
ni mercaderías, ni anteojos, ni ascensores.

Sucede que me canso de mis pies y mis uñas
y mi pelo y mi sombra.
Sucede que me canso de ser hombre.

Sin embargo sería delicioso
asustar a un notario con un lirio cortado
o dar muerte a una monja con un golpe de oreja.
Sería bello
ir por las calles con un cuchillo verde
y dando gritos hasta morir de frío.

No quiero seguir siendo raíz en las tinieblas,
vacilante, extendido, tiritando de sueño,
hacia abajo, en las tripas moradas de la tierra,
absorbiendo y pensando, comiendo cada día.

No quiero para mí tantas desgracias.
no quiero continuar de raíz y de tumba,
de subterráneo solo, de bodega con muertos,
aterido, muriéndome de pena.

Por eso el día lunes arde como el petróleo
cuando me ve llegar con mi cara de cárcel,
y aúlla en su transcurso como una rueda herida,
y da pasos de sangre caliente hacia la noche.

Y me empuja a ciertos rincones, a ciertas casas húmedas,
a hospitales donde los huesos salen por la ventana,
a ciertas zapaterías con olor a vinagre,
a calles espantosas como grietas.

Hay pájaros de color de azufre y horribles intestinos
colgando de las puertas de las casas que odio,
hay dentaduras olvidadas en una cafetera,
hay espejos
que debieran haber llorado de vergüenza y espanto,
hay paraguas en todas partes, y venenos, y ombligos.

Yo paseo con calma, con ojos, con zapatos,
con furia, con olvido,
paso, cruzo oficinas y tiendas de ortopedia,
y patios donde hay ropas colgadas de un alambre:
calzoncillos, toallas y camisas que lloran
lentas lágrimas sucias.

(Pablo Neruda, Residencia en la Tierra II, 1935)